En la escuela primaria
pública Makarenko, en la periferia de París, los niños quieren aprender y
ser felicitados, mientras los profesores saben que no sólo enseñan,
sino que también educan. Con esmero, tesón y esfuerzo, se forma a los
niños para que se conviertan no sólo en ciudadanos responsables, sino
también en seres humanos.